Sanciones de Trump a Brasil: un golpe a Lula y un desafío para el Cono Sur
Por Gonzalo Ramírez Barros
Donald Trump ha vuelto a sacudir el tablero internacional, esta vez con un arancel del 50% a las exportaciones brasileñas y una sanción inédita contra Alexandre de Moraes, juez del Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil, bajo la Ley Magnitsky.
Estas medidas, anunciadas el 30 de julio de 2025, no solo tensan las relaciones entre Estados Unidos y Brasil, sino que también cuestionan la credibilidad del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, acusado de perseguir a opositores como Jair Bolsonaro.
En este contexto, la postura de Gabriel Boric, alineándose con líderes como Lula, Gustavo Petro y Pedro Sánchez, parece un desafío frontal al país más poderoso del mundo, sin espacio para el diálogo.
¿Qué significa esto para Brasil, Chile y la región?
Vamos a desglosarlo con claridad, apoyándonos en lo que dicen los medios y mirando el panorama con sentido común.
El golpe de Trump: aranceles y sanciones
El 30 de julio de 2025, Trump firmó una orden ejecutiva que impone un arancel del 50% a una amplia gama de productos brasileños, efectivo desde el 1 de agosto, según reportó BBC News Mundo. La Casa Blanca justificó esta medida, basada en
la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA), como una respuesta a “ataques insidiosos” de Brasil contra las elecciones libres y la libertad de expresión, apuntando directamente al juicio contra Bolsonaro por un supuesto intento de golpe en 2022.
Pero el verdadero mazazo fue la sanción a Alexandre de Moraes, juez del STF que lidera el caso contra el expresidente. Bajo la Ley Magnitsky, una legislación estadounidense que castiga a extranjeros por corrupción o violaciones de derechos humanos, Moraes enfrenta la congelación de sus activos en EE.UU. y la prohibición de transacciones con empresas estadounidenses.
La Ley Magnitsky, aprobada en 2016 y ampliada por la Orden Ejecutiva 13818, permite a EE.UU. sancionar a individuos que, según Washington, atentan contra derechos fundamentales. En este caso, el Departamento del Tesoro, liderado por Scott Bessent, acusó a Moraes de “censura opresiva” y “detenciones arbitrarias” contra Bolsonaro y sus seguidores, calificando sus acciones como una “caza de brujas”.

Es la primera vez que esta ley se aplica a un juez de una democracia consolidada como Brasil, lo que Mundiario describe como un “hito controvertido” por su potencial injerencia en la soberanía judicial. Impacto económico: un puñetazo al comercio brasileño.
El arancel del 50% golpea a Brasil, la mayor economía de América Latina, en un momento delicado. Aunque productos clave como petróleo, jugo de naranja y aviones quedaron exentos, según La Política Online, el impacto en sectores como el café, el hierro y la carne podría ser severo. Brasil exportó 31.400 millones de dólares a EE.UU. en 2024, y un arancel de esta magnitud amenaza con encarecer productos y reducir la competitividad.
Lula, en una entrevista con The New York Times, denunció que estas medidas son “políticas” y no comerciales, recordando que Brasil lleva años con un déficit comercial frente a EE.UU. En respuesta, prometió aranceles recíprocos, lo que podría escalar a una guerra comercial, según BBC News Mundo.
Para las empresas brasileñas, el panorama es sombrío. Los costos de exportación subirán, afectando a productores agrícolas y manufactureros. Además, la sanción a Moraes podría disuadir inversiones extranjeras, ya que señala inestabilidad jurídica. Como dijo un diplomático citado por G1, Trump parece más interesado en
“escalar la tensión” que en negociar. Esto pone a Lula en una encrucijada: ceder ante Trump podría debilitarlo políticamente, pero resistir arriesga un daño económico mayor.
La credibilidad de Lula bajo fuego
Las sanciones no solo son un golpe económico, sino también un cuestionamiento directo a la imparcialidad del gobierno de Lula. El STF, liderado por Moraes, investiga a Bolsonaro por presuntamente orquestar un golpe tras perder las elecciones de 2022. Las medidas contra el expresidente –como el uso de una tobillera electrónica y la prohibición de usar redes sociales– han sido validadas por el tribunal, pero Trump y sus aliados, incluyendo a Eduardo Bolsonaro, las ven como
una persecución política. El secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó que las acciones de Moraes “pisotean los derechos fundamentales”, y la Casa Blanca las calificó como un “deterioro del Estado de derecho”.
En Brasil, la narrativa de la “caza de brujas” ha ganado tracción entre los bolsonaristas. Eduardo Bolsonaro, desde Washington, ha presionado a Trump para
sancionar a Moraes, según La Política Online, lo que refuerza la percepción de que
Lula utiliza al STF para neutralizar a la oposición. Folha de S.Paulo reportó que Lula
atribuyó las sanciones a “políticos brasileños que traicionan” al país, una clara alusión a Eduardo. Sin embargo, esta defensa no disipa las dudas sobre la imparcialidad del STF, especialmente tras decisiones como la prohibición temporal de X (antiguo Twitter) en Brasil por desinformación electoral. Para muchos, esto sugiere que Lula y Moraes priorizan el control político sobre la libertad de expresión, dañando la credibilidad del gobierno ante los ojos internacionales.
Por otro lado, Lula ha respondido con firmeza, calificando las sanciones como un
“ataque a la soberanía” y defendiendo la independencia del STF. El Supremo, en un comunicado, respaldó a Moraes y afirmó que el juzgamiento de delitos contra la
democracia es competencia exclusiva de Brasil. Pero la sanción a un juez de alto perfil, combinada con los aranceles, proyecta una imagen de fragilidad institucional
que podría erosionar la confianza en el gobierno de Lula, especialmente de cara a las elecciones de 2026.
Boric y el eje progresista: un desafío sin diálogo
En este escenario, Gabriel Boric se ha alineado con líderes progresistas como Lula, Gustavo Petro y Pedro Sánchez, quienes comparten una postura crítica hacia potencias como EE.UU. e Israel. Boric, por ejemplo, ha endurecido su posición contra Israel, excluyendo a sus empresas de la FIDAE 2024 y apoyando demandas
contra Tel Aviv en la Corte Internacional de Justicia. Esta afinidad ideológica lo lleva a respaldar a Lula frente a las sanciones de Trump, como se vio en su crítica a los aranceles del 50% al cobre chileno, donde afirmó que “en diplomacia no se hace política por redes sociales”.
Sin embargo, esta postura, compartida con Petro y Sánchez, parece un enfrentamiento vehemente y poco estratégico contra Trump, el líder de la mayor potencia mundial. Petro ha condenado las políticas de EE.UU. en foros internacionales, mientras Sánchez ha impulsado sanciones contra Israel, alineándose con Boric y Lula. Este eje progresista, aunque cohesionado por valores, carece de un diálogo constructivo con Washington. Como señala Infobae,
la retórica de Lula sobre la soberanía, respaldada por Boric, podría interpretarse como una negativa a negociar, escalando tensiones innecesarias.

En un mundo donde EE.UU. sigue siendo el principal mercado y aliado militar de la región, esta postura arriesga aislar a Chile y Brasil, afectando su economía y seguridad.
Por ejemplo, Chile depende del Visa Waiver con EE.UU., y cualquier tensión podría complicar este acuerdo, como advirtió el senador Jim Risch respecto a las políticas de Boric hacia Israel. En Brasil, los aranceles amenazan sectores clave, y la sanción
a Moraes podría desincentivar inversiones. Boric, al unirse a este bloque sin buscar canales de diálogo, no solo respalda a Lula, sino que también expone a Chile a posibles represalias de Trump, quien ha demostrado no temer el uso de medidas económicas punitivas.
Conclusión: un juego de alto riesgo
Las sanciones de Trump a Brasil, tanto los aranceles del 50% como la inédita aplicación de la Ley Magnitsky a Alexandre de Moraes, son un golpe directo a la economía y la credibilidad de Lula. Cuestionan la imparcialidad de su gobierno, alimentando la narrativa de persecución política contra Bolsonaro y debilitando la imagen de Brasil como democracia estable.
Para Boric, alinearse con Lula, Petro y Sánchez puede ser una muestra de coherencia ideológica, pero también un desafío arriesgado contra EE.UU.
Sin diálogo, este eje progresista podría pagar un costo alto: aislamiento diplomático, pérdidas económicas y una región más dividida.
En un mundo donde el poder se mide en dólares y alianzas, la pregunta es si estos líderes pueden permitirse enfrentar al presidente más poderoso sin un plan más allá de la retórica.

Gonzalo Ramírez Barros
Ing. Comercial y MBA (FGV)
Experto en mercados latinoamericanos y análisis
de políticas económicas



